Los libros del fútbol dictan que jugar en condición de local es una ventaja. El apoyo de tu gente es el ABC para sacar adelante los partidos en casa. Ahora, en la cancha de Ferro (12) parece como si sucediera el efecto contrario: la presión la tiene el Verdolaga y los rivales no se apichonan, si no que se agrandan y le ganan.
El equipo sale a jugar cada partido en el Ricardo Etcheverry con una mochila pesadísima y se le van sumando kilos a medida que el reloj corre y no empata. El partido ante Almirante Brown (14) es un fiel reflejo de eso. Lo arrancó perdiendo desde el vestuario por un error no forzado inentendible. No se habían jugado ni 5 de los 10’ que mostraba el reloj (el PT estuvo parado porque no había banderín, insólito) y en el primer ataque de La Fragata, Matías Zubowicz pifió el despeje y metió la mano como si estuviera jugando al handball. A Cabral, que tuvo que marcar a Messi en el Celta de Vigo, no le pesó ni un poco y transformó la pena por gol.
Y a partir de ahí, el Lobo Montenegro no quiso saber más nada y tiró todo el equipo atrás. Ferro tomó la posta de protagonista, sí, pero fueron contadas las veces que generó peligro. Centros frontales sin receptor, otros que prometían pero que terminaron en la cabina de transmisión. Un dominio sin susto. Ojo, en el ST el Verde le cascoteó el rancho a Galván y le faltó suert e. Hizo un gol en offside y Acosta tuvo chances clarísimas. Por eso mereció el empate.
La hinchada aún no sabe lo que es irse contenta de Caballito en 2026 (un empate y tres derrotas). Y los silbidos en el final mostraron el descontento. La levantada de Sara duró solamente un partido, contra Mitre. Ahora se viene Ciudad Bolívar con visitantes…






